Buscar piso es una odisea, ves mil casas, algunas de ellas que dices, por favor, ¿pero ésto tiene la cédula de habitabilidad?, hasta que te resignas y coges de lo malo, lo mejor o corres con mejor suerte y tienes un flechazo.
Mi primera vez fue hace muchos junios, unos días antes Xendy y yo habíamos tenido la brillante idea de ir a la playa, a la una, sin protector, “allí habrá chiringuitos o algo para comprar”. Una, que se imagina el típico sitio costero cuando la Malvarosa es especial. Yo soy muy blanca, no llego a ser Casper, pero podría ser su prima gitana. Así que durante las dos semanas de búsqueda, tuve que oír el comentario de “Ays bonica, como te has quemado” de las diez petardas que nos enseñaban casas, ¡Cúanto retarded, por favor!
Los pisos erasmus me llamaban mucho la atención. Es fácil reconocerlos, o te abren la puerta tres rubiales o te encuentras tropecientos zapatos en la entrada. Llegados a este punto sería mejor darse la vuelta, por aquello de ahorrar tiempo, pero si algo caracteriza al español, es su condición de cotilla. Lo siguiente es ver un repertorio de muebles del año de maricastaña, baños y cocinas sin reformar, una bañera en el balcón y cosas así. ESCUCHE, ¡NI JARTA DE VINO!
En mi resi estaba muy bien, pero la individual era cara de cojones y no hablaba una mierda de inglés, tenía claro que en cuanto pudiera me largaba. No busqué mucho, para que nos vamos a engañar. Vi un anuncio en face, 150 euros, bien situado, compartiendo con un francés y un georgiano que estudiaban arquitectura. Pues ala, para allá que me voy.
La casa es un poco cacota, no tenemos salón, al principio me daba asquillo sentarme en el váter, el frigo produce unas vibraciones que me permiten darme masajes apoyando la espalda en la pared y tenemos un microondas estalinista que creo que me va a provocar un cáncer.
Pero se vive muy bien, en mi camino a la universidad veo los escaparates de todas las tiendas, paso por la catedral, subo por una calle empedrada mítica del centro histórico, cruzo un pequeño rio atravesando un puentecito, y ya he llegado. Cambiar las caras de mustios de los lituanos que van a comprar al Maxima a las nueve por señoras con pieles y sombreros me hizo bien.
El francés se mudó hace poco, y ahora ha llegado un italiano que toca jazz, aún no lo conozco muy bien. Con Nikusha si he hecho más migas, al principio me parecía un poco rarito, todo el día sentado en la mesa de la cocina, que a veces piensas: “perdona, necesito calentar la cera y no hace falta que también estés delante”. Es culto y algo snob, hablamos mucho de política e historia, él me habla del comunismo y de porqué aquí está prohibido todo lo que suene a rojo mientras yo desgloso los males del franquismo. También nos descubrimos pelis, directores, canciones y grupos. A veces vemos el fútbol, apoya al Liverpool, así que me he aficionado a la Premier. Se ríe de mi cuando llego ciega y me cuesta articular y cuando se me cae algo y suelto un “mierda” en un perfecto castellano. Yo de él por no saber liar. Me da de fumar y a cambio me roba algo de comida, un día de estos voy a ser la responsable de su muerte o intoxicación.
Resumen, nunca digas de este agua no beberé, este cura no es mi padre o esta polla no me cabe.